Pequeña autobiografía

Corría la mitad de la década de los ochenta. España era todavía un joven país con la resaca de cuarenta años de dictadura, el nuevo gobierno del partido socialista había traído vientos de cambio y la entrada a la UE auguraba progreso y modernización. La movida madrileña aún pegaba fuerte en las calles de la contracultura y la última generación de niños que jugó con las tabas en la calle comenzaba a cambiar sus hábitos con la irrupción de los videojuegos.

Nací a finales del 86, primer hijo de unos padres treintañeros, la hornada de demócratas que debiera levantar el país.
De pequeño quería ser como Indiana Jones, creo que fue mi primer sueño roto. El prólogo de lo que vendría siendo mi vida unos años más tarde. Aquellos años felices en la década de los edulcorantes E-500 transcurrieron entre el patio del colegio público San Pablo y mi urbanización en La Alberca, despreciando el tiempo mientras saltábamos entre las horas, jugando a jugar.

Un día le pregunté a mi padre que era el comunismo, sin querer comencé a hacerme mayor.
Pero esa, ya es otra historia.

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