Carta a la señora que leía Le Monde

El otro día volví a la biblioteca, hacía casi dos años de todas aquellas tardes perdidas allí. Todos los días veía a las mismas personas sentarse en los mismos sitios e inventaba sus vidas olvidadas, que nunca existieron pero que eran exactamente iguales a la realidad.
Una vida que me llamó mucho la atención fue la de una señora de unos setenta años, delgada, bajita, que subía cada día a leer Le Monde a eso de las ocho. A veces sacaba un hoja del bolso y escribía algo. Tenía una cara risueña, siempre me la imaginé como una persona afable y cortés. En el fondo de su corazón escondía una gran pena pero sus ganas de vivir siempre fueron capaces vencerla. Sólo en las noches sin luna, sentada en la mesa de camilla, se acordaría de todo aquello entre lágrimas de silencio.

El otro día la volví a ver. Con su gran sonrisa. Tenía una revista y unos papeles encima de la mesa. Me alegro de que todavía ande por aquí.

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