Nada acaba nunca

Me percaté de un leve rastro suyo, ese inocente rastro que te sorprende encontrar. Hace unos cuantos meses escribió su nombre en mi lámpara, marcando un objeto tangible como marcaba mi alma.
Pero ahora sólo se ve si la miras a contraluz, si sabes que estuvo ahí. Y, al igual que ella, ya invisible, desaparece sin dejar rastro de donde estuvo alguna vez, desnuda ante el poder del polvo arrastrado por el tiempo.

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