Prazsky y la vieja vagabunda

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Tenía la piel llena de hollín y su cabellera era de oro. Cada calle, cada esquina reflejaban los sueños decadentes de aquellas personas. Los carriles oxidados del tranvía dirigian las vidas inconclusas de las almas hacia los bares en donde la filosofía y la cerveza morían entre los tirabuzones de humo, y los cables eléctricos rayaban el cielo uniendo cada casa, agarrando con fuerza las ilusiones que intentaran escaparse. Las nubes mentían sobre el color de las cosas porque todo era azul.

En un parque dejé la mitad de mi corazón, enterrado en la arena para que no se enfriara. Allí me esperará hasta que regrese para traerlo de vuelta a casa.

Claro que me enamoré de ella.

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