Otras (nuestras) vidas

Deberían ser las ocho y media de la tarde, ya se había puesto el Sol. En el descampado no quedaba casi nadie y por supuesto, no había ninguna farola. La noche profunda sólo estaba rota por dos hogueras.

Yo iba borracho, bastante borracho podría decir, pero de esa manera mis sentidos estaban libres, se había abierto del todo el canal hacia mi alma. Una de las hogueras estaba rodeada de gente y desde allí, me llamaba el sonido de un timbal. Me acerqué y me puse al lado del músico.

Permanecí absorto mirando el fuego y sintiendo como los golpes de timbal llamaban a los recuerdos olvidados desde hacía quinientos mil años, cuando, al calor de las primeras hogueras un hombre le cantaba historias de viajes más allá de la tierra a los demás hombres sentados alrededor de las llamas, historias de victorias y derrotas, cuando el mundo sólo ofrecía una vida al límite y un juego perpetuo con la muerte.

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